martes, 5 de febrero de 2008

VIII


Y entre nuestro viejo espectáculo
de contorsionismo,

sobre las páginas de esa novela erótica,
a la cual aun no le encuentro final,

nos encontramos bajo sabanas azules.
Mis besos trasformados en olas
revientan en tu pecho,
tu pelo en tormenta me amarra,
mientras tu respiración precipitada
me insita,
¡Me obliga!
Entonces,
¡Invítame a acercarme!
¡Siembra tu mirada en la mía!


Y entonces quedé atrapado bajo la melodía,
de los complejos acordes
de nuestros cuerpos en movimiento.
Ya no puedo escuchar
a ese viento que me susurra
entre sueños,
sus viejos secretos.
¿A dónde escapó mi pensamiento?
¿Dónde quedaron mis palabras?
¿Acaso escaparon entre tanto descuido?

VII


A Mónica Valverde

Y bajo el estruendo de pasos de gigante

me revuelco entre pensamientos y recuerdos
mientras la desesperación de no tenerte
apaga el incendio de mi techo.

Aun no entiendo en que parte de mi cuerpo te perdí.
Te busqué en el filo de mi pecho,
en mi mejilla a la intemperie,
entre mis cuadernos viejos
y hasta entre mis versos nuevos.

Hoy quise salir a buscarte en aquel boulevard
donde pacté con tu mirada el talvez de un mañana,
ya que estoy cansado de tropezarme
con tu recuerdo en la cama.


Pero me pierdo en el silencio,
no te veo,
no te encuentro.

VI


En aquel tiempo te permití
que liberaras las prosas
que con costos mantenía en cautiverio
bajo las rejas azules
de mis cuadernos viejos.

Y Hasta acepté el papel de
Romeo en tu obra,
donde de vez en cuando
se me olvidaban los diálogos
o simplemente resultaba sobreactuado,
aun cuando no me dejaste
recoger las flores al final
de la actuación.


Y hoy en la mañana,
mientras te soñaba bajo sabanas,
quedé plasmado sobre la imagen grisácea
de esa tarde de lluvia
donde mi absurdo pensamiento
explotó en una tormenta
de plumas negras
y gritos fuertes,
aun para mis oídos casi sordos.


Y entonces me enteré,
por pura casualidad,
que las respuestas a mi situación
ya las había encontrado
en el último trago
de mi novena cerveza
después de mi show
en aquel cabaret de sonrisas marchitas
la misma noche que te marchaste.

V


En el desorden de mi cuarto,
pude notar que su viejo retrato

había sido secuestrado
por el segundo cajón
de mi mesa de noche,
ese mismo que hace varias noches
me pidió prestada mi cordura
y hasta el día hoy no me devuelve,
que sus cartas habían perdido color
entre tantas lágrimas
y que sus besos
se perdieron entre la bruma
de melancólicas noches ,
que una vez apagó
ese arco iris que dibujé,
con me temblorosa mano
y mi imaginación limitada,
en el cielo de mi techo
ya dañado.
Y me di cuenta
que ya era hora de salir.


Y jugando a narciso,
me puse en batalla,
con el espejo
que entre cuentos
le robé a blanca nieves,
donde trataba
de no ahorcarme con
mi corbata remendada,
de no ahogarme
en mi avinagrada colonia,
o simplemente intentaba,
entre movimientos
torpes y lentos,
de esquivar las apuñaladas
de mi peine viejo y roto.


Al salir corté un ramo
de mis rebuscados versos
que crecía en el cementerio
de mis poemas mutilados
en palabras marchitas
y frases incompletas,
pasé mi mano sobre mi cabeza,
fingiendo acomodarme el pelo,
me puse el suéter,
aunque no tenía frío,
y tomé aquel camino,
que al salir de un bar vendí,
entre mi zigzagueante baile
y absurdas replicas,
por un par de recuerdos vacíos,
unas pulseras desteñidas
y sentimientos falsos
disfrazados de tontas palabras,
a las oportunistas arañas.


Y cuando por fin llegué,
toque el timbre,
esperando pronta
o sorpresiva respuesta,
y no se si fue el silencio,
el nudo en mi garganta
o simplemente el hecho
de que saliera esa tarde sin cigarros,
que me hizo creer
que mi visita no sería más
que una de las tantas páginas
de ese gran libro
que llaman olvido.
Así que dejé mi número
escrito con un lapicero,
que con costos escribe,
sobre una servilleta sucia
debajo de la puerta,
para que alguna vez,
cuando ya se me olvide,
si alguien quiere,
me pueda llamar.

IV


Siendo de tantas partes
pero de ninguna a la vez,

regresé a una de mis tantas habitaciones,
que entre tantas noches olvidé,
buscando de nuevo un viejo soneto
que nunca entendí
y esa metáfora
que posiblemente fue robada
por un poeta oportunista
y sus dos cómplices:
Su cuaderno casi vacío
y un lapicero
que ya no quiere escribir.


Pude notar
que todavía llovía
en ese cielo
que dibuje con crayolas
en el techo de mi cuarto
,
que mi cajetilla de cigarros
donde ocultaba las lagrimas,
aun estaba como la había dejado,
que esa caja de fósforos
donde escondía el frío del fumar,
seguía sin abrirse,
y que mi álbum de fotos
a blanco y negro

donde guardaba
las cartas de amenaza,
escritas sobre papel rosa
y con un ligero aroma
de ese perfume
que utilizan las mujeres,
que con frecuencia
me escribía la locura,
ya no estaba.


Y entre tanto papeleo
solo pude encontrar:
dos latas de cerveza,
un desorden de letras y palabras
que sin sentimiento
simulaban un intento de poema,
un papel blanco y arrugado,
un arco iris desteñido,
una caja de lápices sin punta,
una cama,
que nunca quise ordenar
y la extraña sensación de un cuarto

más pequeño.

III


Poetas,
se dice que los buenos ya murieron
y que los malos ya somos muchos,
que molestamos lo suficiente
con nuestras borracheras de los viernes,
con ese humo incomodo de nuestra mesa
y con aquel disfraz de cabaret oxidado
que usualmente guardo en ese ropero,
ya olvidado hasta por el polvo,
que encontrarás en la esquina sombría
de aquel cuarto donde ya no entro.


Y entre tanto tiempo libre,
dejamos que ese lápiz,
de numero dos,
cuyo borrador nunca conocí,
o no sé si por descortesía,
simplemente nunca se lo quise presentar
a mi cuaderno de rayas,
explote en un mar de ideas azules,
por la tinta de mi pensamiento,
en el papel casi blanco,
con excepción de esas pequeñas manchas
del café de la mañana.


Y terminaremos
en un café casi vacío,
con nuestros tres poemas en el cuaderno,
hablando de sentimientos
que perdieron sentido con el tiempo
o simplemente pasaron de moda.
Y fijamos nuestra mirada
en el enamorado,
que se encuentra en la sombra,
como sacando provecho de la oscuridad
para besar de nuevo la botella de alcohol,
y por fin terminar
con la presentación de un nuevo viernes.

II



Y empiezo de nuevo a leer ese libro,
que guardé con cierto rencor
un cuarto creciente,
cuyo capitulo final nunca he querido observar,
no sé si por la resaca de todo sábado
o por el recuerdo del cenicero,
ya lleno, de la esquina.


Como muchos podría pensar desde ya
en las fúnebres flores de un destino fatal,
como si viviéramos entre sueños aquellas
tragedias de
Esquilo, o camináramos
por las últimas paginas de una novela
de Carlos Zavaleta.


Pero no tengo espacio en mi mente
para la melancólica o triste idea
de lo que no quiero saber.
ya que me resulta difícil sacarte
de mi pensamiento,
como la fotografía, ya borrosa,
por el poco tiempo entre nosotros,
que espero que recuerdes,
de aquel viernes 13.


Y si me pregunto otra vez,
si no sos esa princesa
de los relatos de hadas,
esa que sincroniza sus suspiros
con mis latidos,
aquella que congela todo el cuento
con un beso apasionado situado
en el penúltimo párrafo.


Es porque no sé si es real
la pulsera que llevo,
o esas memorias que guardo
en ese lugar donde los sentimientos
se empozan.
O si sos una mala jugada de mi mente,
que entre disfraces de locura se esconde,
buscando a esa princesa
que me congele en el penúltimo párrafo
de mi cuento de hadas.

I


"Es tan corto el amor y tan largo el olvido."
Pablo Neruda


Hoy me doy cuenta que ya no tengo nada
.
Me robaste una de las mil y una noches,
Esos extraños sueños
Que escondía cada día
Como As bajo mi manga,
Una que otra caricia en mi casa,
Aquella pulsera rosa
Que llevas aun contigo,
Uno de los besos que en privado me dabas,
Esos momentos
Que guardaba en mi gaveta,
Y hasta los lúgubres recuerdos
Que no podía olvidar.

Solo me dejaste esta fuerte resaca
Que me lleva entre pesadillas de Allan Poe
Y Stephen King a esa cárcel
Que llaman locura.
El recuerdo empolvado,
Por lágrimas y besos,
De una noche de demencia
Que guardo con nostalgia
En ese pequeño diario que me diste.
La letra de una canción,
Que entre acordes me ahoga
En un mar de llanto y desesperación,
Donde no puedo escuchar el cantar de tu voz.
Y como olvidar aquel cuarto creciente
Que entre sueños me apuñala
Con el recuerdo de lo que fue
Un 23 de noviembre.