
Poetas,
se dice que los buenos ya murieron
y que los malos ya somos muchos,
que molestamos lo suficiente
con nuestras borracheras de los viernes,
con ese humo incomodo de nuestra mesa
y con aquel disfraz de cabaret oxidado
que usualmente guardo en ese ropero,
ya olvidado hasta por el polvo,
que encontrarás en la esquina sombría
de aquel cuarto donde ya no entro.
Y entre tanto tiempo libre,
dejamos que ese lápiz,
de numero dos,
cuyo borrador nunca conocí,
o no sé si por descortesía,
simplemente nunca se lo quise presentar
a mi cuaderno de rayas,
explote en un mar de ideas azules,
por la tinta de mi pensamiento,
en el papel casi blanco,
con excepción de esas pequeñas manchas
del café de la mañana.
Y terminaremos
en un café casi vacío,
con nuestros tres poemas en el cuaderno,
hablando de sentimientos
que perdieron sentido con el tiempo
o simplemente pasaron de moda.
Y fijamos nuestra mirada
en el enamorado,
que se encuentra en la sombra,
como sacando provecho de la oscuridad
para besar de nuevo la botella de alcohol,
y por fin terminar
con la presentación de un nuevo viernes.

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