
En el desorden de mi cuarto,
pude notar que su viejo retrato
había sido secuestrado
por el segundo cajón
de mi mesa de noche,
ese mismo que hace varias noches
me pidió prestada mi cordura
y hasta el día hoy no me devuelve,
que sus cartas habían perdido color
entre tantas lágrimas
y que sus besos
se perdieron entre la bruma
de melancólicas noches ,
que una vez apagó
ese arco iris que dibujé,
con me temblorosa mano
y mi imaginación limitada,
en el cielo de mi techo
ya dañado.
Y me di cuenta
que ya era hora de salir.
Y jugando a narciso,
me puse en batalla,
con el espejo
que entre cuentos
le robé a blanca nieves,
donde trataba
de no ahorcarme con
mi corbata remendada,
de no ahogarme
en mi avinagrada colonia,
o simplemente intentaba,
entre movimientos
torpes y lentos,
de esquivar las apuñaladas
de mi peine viejo y roto.
Al salir corté un ramo
de mis rebuscados versos
que crecía en el cementerio
de mis poemas mutilados
en palabras marchitas
y frases incompletas,
pasé mi mano sobre mi cabeza,
fingiendo acomodarme el pelo,
me puse el suéter,
aunque no tenía frío,
y tomé aquel camino,
que al salir de un bar vendí,
entre mi zigzagueante baile
y absurdas replicas,
por un par de recuerdos vacíos,
unas pulseras desteñidas
y sentimientos falsos
disfrazados de tontas palabras,
a las oportunistas arañas.
Y cuando por fin llegué,
toque el timbre,
esperando pronta
o sorpresiva respuesta,
y no se si fue el silencio,
el nudo en mi garganta
o simplemente el hecho
de que saliera esa tarde sin cigarros,
que me hizo creer
que mi visita no sería más
que una de las tantas páginas
de ese gran libro
que llaman olvido.
Así que dejé mi número
escrito con un lapicero,
que con costos escribe,
sobre una servilleta sucia
debajo de la puerta,
para que alguna vez,
cuando ya se me olvide,
si alguien quiere,
me pueda llamar.